segunda-feira, agosto 01, 2005

Capítulo II. Donde se trata de Cangas, ciudad de vigoréxicos comedores de gofres


Hace unos años, en los 70 del siglo pasado, en cualquier mapa de España se veía claramente frente a Vigo, al otro lado de la ría, un nombre: Cangas. Era una ciudad muy pequeña, pero importante por el dinero que producía una enorme fábrica de conservas que había en la ciudad y la pesca de ballenas. Hoy es más difícil dar con ella en un mapa y apenas puede llamársele ciudad. Sin embargo, aún es capital (no de provincia, claro, pero al fin y al cabo es “capital” do Morrazo).
¿Qué se puede decir de Cangas? Por lo menos, que es una ciudad desconcertante. No es nada raro ver pasar por la calle un grupo de veinte motociclistas completamente cubiertos de cuero y haciendo retumbar sus motores. En las ventanas de la mayoría de los bajos (aquellas “afortunadas” viviendas que están a ras del suelo) pueden verse las persianas casi cerradas, sólo con el espacio suficiente para que un par de ojos observen atentamente todo lo que ocurre en la calle -axexen, ou non sei cantos sinónimos mais em galego- (non quero pensar no que ocurrirá nas xanelas superiores, aquelas que non poden ser, ao mesmo tempo, axexadas...) La estética de Cangas, si hay algo que me haya llamado la atención a lo que pueda llamar “estética”, está relacionada con una filosofía del menor esfuerzo: ‘si los azulejos son tan fáciles de limpiar, ¿por qué no poner azulejos también en las fachadas?’. Pero no, no piensen en la talavera de Puebla ni mucho menos, son azulejos de baño, tal cual. Otro elemento tradicional de Cangas son los suicidas por ahorcados, muy típicos de la región, aunque tampoco excluyentes, sólo los más comunes, supongo que por tratarse de un método cómodo ya que la zona está llena de árboles muy prácticos para la ocasión.

La escena política de la ciudad es increíble. El primer partido que ganó las elecciones al reinstaurarse la democracia fue el comunista. Sin embargo, hoy el PP gobierna la zona, pero nunca está lejana la posibilidad de que el pueblo protagonice otra “movida” como la que en los ochenta se encargó de echar fuera (de modo muy violento, por cierto) a un alcalde socialista que no pudo pisar la ciudad hasta hace muy poco tiempo.

Todos aquellos latinoamericanos que están leyendo estas líneas sabrán que hablar de que circula la heroína por nuestras calles es, en realidad y en términos generales, bastante falso. Hay muchas otras cosas más que podrían encontrarse. Cangas no sigue este principio. La heroína es algo bastante común, aunque tengo que aceptar que no es exclusivo de la ciudad, y ya un reportaje en algún periódico de hace unos años decía que Galicia competía con Albania en el mercado del narcotráfico (aunque en este caso se trate de cocaína). Así andarían las cosas. Hace unos meses un cangués apareció muerto en las vías del AVE en Madrid. Nadie sabe bien por qué ni cómo fue a para tan lejos, después de sólo unas horas de haber desaparecido, pero dicen las malas lenguas (de lo más comunes, por cierto) que estaba metido en asuntos de narcotráfico y fue víctima de un ajuste de cuentas.

Pero bueno, Cangas tiene unas playas bellísimas, sobre todo la “praia dos alemáns”, pseudo-nudista, donde curiosamente pueden descubrirse los reflejos de cristales detrás de los matorrales (¿binoculares, acaso?) o misteriosos movimientos rítmicos producto de actividades inconfesables por parte de algunos fieles seguidores a la desnudez de dicha playa. Sin embargo, debo confesar que lo que más me llamó la atención la primera vez que estuve ahí fue que Cangas es, sobre todo, una ciudad de vigoréxicos. Recuerdo haber ido a recorrer la ría en una corta tarde otoñal y toparme con media ciudad corriendo o andando en bici por la rivera. A partir de ese momento mi atención se centró en ese fenómeno, que se confirmaba a cada momento, pero lo más sorprendente fue descubrir, al día siguiente, una exposición en el Auditorio sobre cayacs, remos, bicicletas... Supongo que es un poco la manía de tener un campeón olímpico en la zona, pero de cualquier manera es bastante exagerado. En otra ocasión, un par de amigos, Andrea y Sebastián (quien, por cierto, atraviesa la ría a nado. Sin comentarios...) quedaron completamente fascinados frente a la maravillosa fuente de la Alameda Nueva que deslumbraba a los observadores con sus juegos de luces y chorros de aguas. Cómo se nota que estamos en primer mundo.

De cualquier manera, lo mejor de la ciudad, y por mucho, lo dejé para el final. En la Alameda Vieja hay un pequeño puesto pintado con los colores del arcoíris donde el Señor Gofre puede ser encontrado (si es que se tiene suerte). Nadie sabe con precisión qué días y a qué hora abre la tienda. No piensen, por favor, que esto se debe a la pereza del Señor Gofre. El pobre tiene que compartir su ajetreado día con su otro negocio: un local donde tatúa y hace piercengs (con horario también bastante inconstante), además del cuidado de su nieto (Gofrito, para los amigos) y los deberes maritales, ya que realmente quien manda es la esposa, y no el Señor Gofre, un belga que se enamoró de una gallega y se fue a vivir a Cangas llevándose consigo los mejores gofres que pueden imaginar, mejores que los belgas, según un conocedor venido de Bélgica. Si algún día pasan por Cangas y tienen la suerte de encontrar abierto el puesto en la Alameda Vieja, no desaprovechen y cómanse un gofre. Si no, pasen a la tienda de tatuajes. ¿Quién sabe? Quizás con una perforación te dé un vale por un gofre y salgas ganando.

Um comentário:

  1. Amén jajajajajajajajajaja. Yo ya le dije al señor de los gofres, que dedique todo su tiempo al servicio de gofres, que es realmente el gran servicio que aporta a nuestra comunidad(comunidad de guléxicos)

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